Hay veces, como ahora, en que deseo tanto tener más dinero. Y ni si quiera es para comprarme cosas. Es para ir a mi casa, mi casa de verdad, estar con mi familia aunque no hablemos nada, estar ahí en presencia, todos juntos. Porque en el fondo, aunque nos abracemos sólo en año nuevo y en los cumpleaños, todos nos queremos mucho y nos preocupamos por el otro aunque tengamos que adivinar lo que nos pasa.
Maldito dinero que coartas mi felicidad.
Vengo de un pueblo donde todavía se desfila para fiestas patrias. Mi hermano mayor tenía su primer desfile. Para los no provincianos, esa es la fecha perfecta para acumular fotos. Mi mamá acompañaría a mi hermano. Ya saben, arreglar la corbata, comprarle algo si le daba hambre y lo más importante: estar atenta al término del desfile para llevarse a mi hermano antes de que se perdiera entre la gente. Con tanto que hacer, yo no podía ser parte de ese tremendo caos. Mi papá debía hacerse cargo de mí, al parecer, era la primera vez que debía hacerlo. Recuerdo a mi papá peinándome. Yo andaba con un vestido azul con puntitos blancos, pantys de lana y zapatos a tono. Creo que esos dos “cachitos” en mi pelo tomaron más del doble del tiempo normal. Hizo uno, hizo el otro, deshizo el primero, los enderezaba. Hasta que estuve lista. Debo haberme visto hermosa. Al llegar al desfile, sólo recuerdo haber visto: traseros. Muchos traseros y espaldas de la multitud. No veía nada del ...
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