Tengo un problema con el estrés. Obvio que a nadie le gusta estar estresado, pero mi problema no tiene que ver con eso, si no con la forma en que el estrés actúa en mí. En estos momentos estoy un poco harto estresada por la práctica y por el fin del contrato del MIM. El problema es que mi cuerpo no acepta el estrés y lo ignora y lo único que hago es vivir como si no tuviera nada que hacer y ninguna preocupación. Por eso falto a clases, veo series, veo tele, me pinto las uñas, escribo en el blog y dejo de lado la revisión de los comics, de las fábulas, la tabulación de las respuestas de comprensión de lectura, no hago el informe de orientación, no ordeno mi pieza, no lavo mi ropa, etc, etc, etc.
Así que eso. Esta semana pretendo ir a clases y dejar de ser una maldita floja. He dicho, amén.
Vengo de un pueblo donde todavía se desfila para fiestas patrias. Mi hermano mayor tenía su primer desfile. Para los no provincianos, esa es la fecha perfecta para acumular fotos. Mi mamá acompañaría a mi hermano. Ya saben, arreglar la corbata, comprarle algo si le daba hambre y lo más importante: estar atenta al término del desfile para llevarse a mi hermano antes de que se perdiera entre la gente. Con tanto que hacer, yo no podía ser parte de ese tremendo caos. Mi papá debía hacerse cargo de mí, al parecer, era la primera vez que debía hacerlo. Recuerdo a mi papá peinándome. Yo andaba con un vestido azul con puntitos blancos, pantys de lana y zapatos a tono. Creo que esos dos “cachitos” en mi pelo tomaron más del doble del tiempo normal. Hizo uno, hizo el otro, deshizo el primero, los enderezaba. Hasta que estuve lista. Debo haberme visto hermosa. Al llegar al desfile, sólo recuerdo haber visto: traseros. Muchos traseros y espaldas de la multitud. No veía nada del ...
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