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Extraño llegar a esa casa y sentir el calor del brasero. El perro acostado en medio del piso. Sobre la brasero la tetera hierve junto a un pan que se está calentando. Todo parece ser de color café o color rojizo, las cortinas, las puertas, la mesa… nosotros.

Y nos reunimos ahí, todos, sonriendo, saboreando la rica comida de la abuela, no hay nada más rico en el mundo, sólo ella cocina así. A la once podemos comernos el huevo frito en la paila o comer pan con palta. También podemos comernos la mermelada de alcayota a cucharadas, cada uno con su cuchara saboreando.

Hay vapor, hay calor.

Nos sentamos en el baúl que está desde hace mil años en la familia. La radio nos acompaña y no nos molesta. El tata llega bailando la canción de la radio, ni se nota que tiene más de noventa años o quizás cien, nadie sabe.

Yo elijo tomar mi té con leche, mi abuela siempre tiene leche para mí, sabe que me gusta. No puede faltar la hojita de cedrón en el té, me gusta ir a buscar una ramita del árbol que está en el fondo del patio, así puedo recorrer todo mientras la busco.

Cantan los pájaros, cruzo por donde está el damasco, el durazno, el ciruelo. Por debajo de los paltos, por al lado de la higuera. El patio parece un pequeño bosque, con caracoles y humedad, un poco oscuro pero acogedor. Todo huele a hojas, a agua de lluvia.

Así da gusto vivir, el aire, el humo, el vapor, el calor. Aquí. Por siempre …

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