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mi abuela

Manuel Tapia, su tío, la alejó a los 7 años de edad del lado de su madre. La subieron a una carreta con una pequeña bolsa con algo de ropa. Dejó atrás el campo para llegar al pueblo. ¿A dónde iba sola a tan corta edad?. Iba a la casa de los turcos, los famosos turcos de Llay-llay. Tenían plata y muchos hijos. Por lo mismo, necesitaban a alguien que los ayudara a criar a los pequeños.

Ahí llegó, sola. No sabía que ese día marcaría toda su vida y la dejaría así como está ahora. Viviendo en otra época, volviendo una y otra vez al pasado que la marcó, al pasado que recuerda.

Tuvo que criar a esos niños al mismo tiempo que se criaba a ella misma. Era tan pequeña ¿Cómo iba a trabajar en algo así? ¿Cómo se les ocurre alejar a una niña de sus hermanos sin darle alguna explicación?

Aprendió tantas cosas… a hacer niños envueltos y otras comidas que le enseñó la turca. Que al fin y al cabo no era tan mala, el problema era que ella no debía empezar a trabajar a tan corta edad, sin zapatos, sin comer lo suficiente, sin jugar, sin conocer a un hombre.

Cuando llegó al pueblo, vio por primera vez una radio, era como algo mágico. Vio por primera vez un incendio como el que quemó el gran restaurant de la estación de trenes. Recuerda que la gente ayudaba a sacar esos hermosos muebles de en medio de las llamas.

A veces en las noches se pone a cocinar, prepara la mesa para cinco personas, como en la época en que servía a los turcos. Pero ya no están los turcos en el pueblo. Los pequeños niños que ayudó a criar, ya no viven ahí… hasta la casa de los turcos fue demolida años atrás.

Hace un tiempo, se perdió una caja con dinero que tenía guardado el tata. Tiempo después apareció la caja en el patio vacía. Algunos pensaron que fue ella la que la sacó para tener dinero para los cigarros.

Maldito vicio que la tiene tan delgada.

La lela no se acuerda de las niñas de Viña porque las niñas de Viña no la venían a ver nunca. ¿Y quiénes eran esos niños? Dijo la abuelita cuando se habían ido de la casa. Eran sus nietos, los de Viña, los de su hijo favorito. Los de aquí aun están en su memoria, sólo se confunde en las cosas que pregunta una y otra vez.

El tata la aguanta, porque en el fondo la quiere harto, si la abuela era tan buena moza. La conquistó sacándola a pasear en moto. La hacía distraerse del trabajo en donde los turcos. Él fue el que la sacó de ahí, de a poco. Sólo pudo salir casada porque nunca tuvo un sueldo que le alcanzara para ahorrar. Ya no era una joven cuando se casó. Tuvo a sus cuatro hijos cuando ya era mayor. Quizás por eso nunca supo ser una buena madre. Hacía diferencias con sus hijos, ella quería a los hijos del medio, a los más desprotegidos.

La señora que la cuidaba se fue. Ahora hay otra señora. Buscaron a una señora viejita para que conversara con ella y se distrajera un poco. Cuando el tata sacó el teléfono se acabó la diversión para ella. Conversaba con viejas amistades, primas y conocidas de su esposo. El tata sacó el teléfono para ahorrar, pero al fin terminó por dejarla solita en el silencio de la casa de madera, en medio de los duraznos y los ciruelos.

El tata está medio sordo y por eso la vuela no hablaba con él porque no entendía nada. Probablemente hay días en que la meche no habla con nadie y se sienta sola en el patio a fumarse su cigarrito.

Ahí está sola, recordando la mitad de las historias, confundida quizás. ¿Se dará cuenta de que hay cosas que ya recuerda? ¿Sabrá que los nietos la quieren porque siempre fue la mejor abuela del mundo?

Recuerdo cuando jugaba con nosotros al luche o a saltar la cuerda. Así la quiero recordar yo cuando ya no esté. Por mientras, yo quiero que nos recuerde, sólo eso, que nos recuerde.

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